Una de nuestras primeras y obligadas visitas nada más llegar a Asturias cada año es la alta montaña antes que cese la actividad en pleno verano, cuando los bichos son más difíciles de ver.
El primer objetivo esta vez, como casi siempre, era el treparriscos y no nos decepcionó. Eso sí, en una espera total de unas 4 horas lo vimos dos veces durante un tiempo total de unos 3 minutos, algo completamente normal con esta especie tan difícil. Pero no nos quejamos, desde luego, y ver el sol de la mañana hacer brillar sus hombros rojísimos con cada vibración de sus alas mientras buscaba sus arañas entre las rocas nos llenó de felicidad.
Antes de llegar a él vimos bastantes escribanos cerillos, aún cantando bien.
En el mismo sitio también vimos y oímos un par de escribanos hortelanos y nos hizo gracia oír como su canto estaba “infectado” por el más abundante cerillo, saliendo un canto raro a medio camino entre hortelano y cerillo que tiene poco que ver con el canto hortelano puro que acostumbramos a oír en La Vera y Gredos.
Otro pájaro que se hizo escuchar bien durante la mañana fue el acentor alpino, un canto muy interesante como el del acentor común mezclado con un poco de alondra, retumbando entre las rocas.
Con permiso del trepa, la otra estrella de estas alturas es el gorrión alpino, de los que vimos muchos en grupos familiares posados en rocas y volando bajo sobre la pradera mostrando las alas blancas tan bonitas parecidas a las del escribano nival. Es un pájaro bastante confiadillo que se deja fotografiar de bastante buena gana.
Este individuo lleva en el pico el cebo para dar a comer a su volandero.
En fin, una mañana estupenda en un marco inmejorable